Gentrificación. Todo el mundo habla de ella, pocos la entienden del todo, y casi nadie considera las consecuencias para las personas discapacitadas.
Llevo 17 años viviendo en Barcelona, una de las ciudades más gentrificadas de Europa. Vivo en el Raval, un barrio popular donde este proceso llegó más tarde pero ya se hace sentir cada vez más, y en estos años he asistido a la transformación inexorable de la ciudad en algo a medio camino entre un parque de atracciones para turistas y una ciudad para expats, hipsters y personas con un poder adquisitivo cada vez mayor.
En 1964 la socióloga británica Ruth Glass acuñó el término gentrification para describir el proceso mediante el cual un barrio habitado por personas de bajos ingresos sufre una transformación económica y social que tiene como resultado la expulsión de sus habitantes. Gentry en inglés designa a la burguesía terrateniente acomodada, esa clase social que en Gran Bretaña ocupaba el escalón inmediatamente por debajo de la aristocracia. Glass observó que en barrios como Notting Hill e Islington, parejas bohemias con dinero suficiente para reformarlas adquirían las casas de la clase obrera y las comunidades que vivían en ellas eran progresivamente expulsadas. En su introducción al volumen colectivo Aspects of Change escribía:
«Uno tras otro, muchos de los barrios obreros de Londres han sido invadidos por las clases medias – tanto superiores como inferiores. Una vez que este proceso de «gentrificación» comienza en un barrio, avanza rápidamente hasta que todos o la mayoría de los habitantes originales de la clase trabajadora son expulsados y todo el carácter social del barrio cambia.»
Sesenta años después, la descripción sigue siendo perfecta. El mecanismo, sin embargo, se ha refinado y desarrollado a escala global, y funciona así.
Se toma un barrio popular con alquileres bajos, escaso mantenimiento público, un barrio donde vive mucha gente pero las instituciones no invierten. En ese barrio descrito como degradado empiezan a llegar los primeros «pioneros», que pueden ser artistas, estudiantes, personas jóvenes atraídas por los costes bajos y eventualmente por la proximidad al centro. En ese momento entran en escena los inversores inmobiliarios, que compran a precios de derribo. Poco a poco abren locales, cafeterías, estudios creativos y la reputación del barrio cambia; los medios empiezan a describir el lugar como original y animado, llegan los influencers a recomendar sitios auténticos, bares y restaurantes con encanto, rincones instagrameables. La narrativa de la regeneración se afianza.
Los precios de venta y los alquileres de los pisos y los locales suben, y los propietarios descubren que les conviene reformar y alquilar a una clientela acomodada o a turistas, o vender por 10 lo que habían heredado o comprado por 2. Es aquí donde los antiguos residentes, a menudo personas que han nacido y crecido en el barrio, se ven aplastados por alquileres cada vez más insostenibles.
Los espacios cambian con rapidez. En lugar de la vieja tienda de alimentación llega el comercio de productos ecológicos a precios inaccesibles; donde antes había un bar frecuentado por la gente del barrio, aparece el cocktail bar con el interior de falso aire antiguo y la carta llena de nombres impronunciables. Quien se queda, incluso sin ser físicamente expulsado, vive un profundo desarraigo cultural, porque su propio barrio se convierte en un lugar que ya no consigue reconocer y en el que le cuesta cada vez más, también económicamente, sobrevivir. En la práctica, entra el capital y sale la comunidad local.
Y dado que el cambio de condiciones materiales va de la mano de una modificación del lenguaje y de los esquemas de pensamiento, también la narrativa se adapta: así la expulsión de los habitantes se convierte en rehabilitación, y la violencia económica hacia las clases subalternas se presenta como progreso.
¿Quién sale ganando?
Esta transformación, nos cuentan los promotores económicos y las instituciones, trae trabajo y dinero a la comunidad. En realidad, quienes salen ganando difícilmente son las comunidades locales. Los grandes propietarios inmobiliarios que hoy impulsan la gentrificación adquieren los inmuebles cuando todavía valen poco, y a menudo son fondos de inversión vinculados a sociedades financieras con sede en paraísos fiscales, como BlackRock o Vanguard, por nombrar un par. Así los precios de los inmuebles empiezan a subir, pero los beneficios de la revalorización inmobiliaria se extraen y se desplazan a otro lugar. Lo mismo ocurre con las cadenas comerciales que invaden los barrios gentrificados y que, además de destruir el comercio local, crean empleo precario, un trabajo inestable y mal pagado, pensado para servir a los nuevos residentes adinerados y a los turistas, no para dar futuro a las personas del lugar.
Es la vieja historia de la expropiación que, según Marx, está en la base de la acumulación originaria de capital por parte de la clase capitalista. La gentrificación opera según una lógica similar aplicada al territorio urbano, la que el geógrafo David Harvey ha denominado «acumulación por desposesión»: los barrios populares se convierten en nuevos comunes que cercar, y la riqueza que producen directa o indirectamente, una vez extraída, se lleva a otro lugar.
¿Quién sale perdiendo?
En estos procesos pierden las familias de bajos ingresos, las personas mayores y las comunidades racializadas, que son las más afectadas por el desplazamiento urbano. Pero hay una categoría de la que casi nadie habla: la de las personas discapacitadas.
Las personas discapacitadas se encuentran entre las más expuestas a los efectos negativos de la gentrificación. Partimos del supuesto de que, como explica el modelo social de la discapacidad propuesto por Mike Oliver a principios de los años ochenta, la discapacidad no es una propiedad intrínseca de los cuerpos y las mentes, sino el producto de un entorno que discapacita a quien, a causa de un impairment, no corresponde al ideal de ser humano «medio» en torno al cual se organizan la sociedad, los edificios, los espacios públicos y las relaciones. La discapacitación es una de las infraestructuras del capitalismo contemporáneo, y la gentrificación es un caso ejemplar porque produce activamente discapacitación, multiplicando las barreras físicas y económicas que excluyen a quien ya estaba en los márgenes.
Las personas discapacitadas tienen más dificultades para encontrar y mantener un empleo estable y a menudo ganan menos, mientras deben afrontar gastos adicionales en servicios, cuidados y ayudas técnicas. Esto hace que ellas, y las familias que a menudo las sostienen, estén mucho más expuestas a la pobreza y se encuentren con más frecuencia en las franjas de renta más bajas de la población. El vínculo entre discapacidad y pobreza es estructural, y cuando los alquileres suben, los servicios se privatizan y hasta el coste de la compra diaria se dispara, las personas discapacitadas y sus familias están entre las primeras en no poder permitirse seguir viviendo en su propio barrio.
Las redes de apoyo rotas.
El barrio no es solo el lugar que habitamos, sino un ecosistema de relaciones y hábitos construidos a lo largo del tiempo, y esto es aún más cierto en la cotidianidad de las personas discapacitadas y de sus familias. Los vecinos se echan una mano, los recorridos y los comercios son conocidos, los servicios se encuentran a distancia alcanzable. Cuando las personas discapacitadas y las personas mayores se ven obligadas a abandonar su barrio para trasladarse a barrios dormitorio a menudo periféricos, carentes de servicios y redes de apoyo, todo esto se pierde, con costes altísimos no solo económicos, sino también físicos y psicológicos.
Para las personas autistas, para las personas ciegas o con baja visión, para las personas con impairments cognitivos es igualmente fundamental vivir en un entorno familiar y predecible, y poder contar con sus propias rutinas. Conocer los recorridos, los sonidos, las personas y los ritmos de un barrio significa poder moverse por el mundo con un cierto margen de autonomía. Cuando ese entorno cambia radicalmente y se transforma en un lugar imprevisible y abarrotado, lleno de turistas y terrazas con mesas, cuando los comercios de barrio que tenías a mano desaparecen y son sustituidos por cadenas frías, ruidosas, caóticas, en las que falta ese mínimo de relación humana necesario para orientarse, esa familiaridad se disuelve.
La expulsión del discurso.
Cuando se debate sobre gentrificación se habla – con razón – de clase, de racialización, de comunidades históricas que son expulsadas, pero casi nunca de discapacidad. Las personas discapacitadas permanecen invisibles no solo en las decisiones que afectan al territorio que habitan, en las que raramente son implicadas, sino también en la mayoría de los análisis críticos sobre la gentrificación. Y esta es una segunda expulsión, porque además de verse privadas concretamente del derecho a habitar su propio barrio, quedan excluidas también del modo en que contamos y criticamos este proceso.
La gentrificación no es un proceso natural y no tiene nada que ver con el «mejoramiento» de zonas deprimidas, a menos que nos preguntemos qué se entiende por mejoramiento y a quién beneficiará. Analizar la gentrificación también a través de la lente de la discapacidad pone de manifiesto que el capitalismo, si se le deja actuar libremente en ausencia de regulación, produce transformaciones materiales y económicas que discapacitan a las personas, hasta hacer imposible para muchas seguir habitando los lugares en que vivían.
El derecho a habitar un lugar, a quedarse en él, a reconocerse en él, a construir en él una vida no puede ser un lujo accesible solo para quienes pueden permitírselo. Vivir en la ciudad, en el propio barrio, tener los servicios a mano, contar con la red de apoyo que proporciona una comunidad son cuestiones de justicia. Mirar la gentrificación a través de la lente de la discapacidad evidencia cuánto los cambios que produce hacen económicamente imposible quedarse para quienes tienen menos. Resulta claro, entonces, que las personas discapacitadas no pueden quedar al margen de este discurso, cuando están entre las primeras en pagar el precio de una ciudad que se transforma contra quienes la habitan.